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Tres líneas de defensa: lecciones de gobernanza en compliance desde la Copa Mundial de la FIFA 2026

17 Jul 2026 Mexico 7 min read
Desde la perspectiva del compliance, la forma más útil de pensar en la Copa Mundial de la FIFA 2026 no es sólo como un evento deportivo, sino como una prueba de estrés de gobernanza para un ecosistema altamente visible, operativamente complejo y especialmente sensible al riesgo reputacional. Aunque la guía de la FIFA actualmente disponible en el expediente es el FIFA Compliance Manual 2025, ese documento ofrece un marco práctico para entender cómo puede preservarse la integridad en un entorno en el que múltiples actores, procesos y riesgos deben coordinarse al mismo tiempo.

La FIFA presenta el compliance como un esfuerzo colectivo construido sobre cultura, reglas claras, evaluaciones de riesgo, debida diligencia de terceros, canales de denuncia y auditoría interna, todos ellos elementos que se vuelven más (y no menos) importantes cuando las operaciones aumentan en escala y visibilidad.

El Manual es especialmente útil porque estructura la gobernanza a través del modelo de las tres líneas de defensa. La FIFA explica que los enfoques modernos de gobernanza descansan en funciones y responsabilidades claramente definidas a lo largo de esas tres líneas, y que la primera y la segunda línea apoyan a la alta dirección y a los órganos de gobierno, mientras que los asesores externos pueden aportar un nivel adicional de aseguramiento cuando sea necesario. A nuestro juicio, ese es precisamente el lente adecuado para un megaevento como la Copa Mundial de la FIFA 2026, porque las organizaciones complejas rara vez fracasan únicamente por falta de valores; fracasan cuando la responsabilidad se difumina, la escalada se retrasa y el aseguramiento se trata como una ocurrencia tardía.

La primera línea de defensa, como deja claro el Manual, concierne a todas las personas que trabajan en la organización, con un peso particular sobre la gestión operativa para hacer las cosas correctamente, seguir los procesos y elevar alertas cuando algo no funciona. Aplicada por analogía a un entorno de torneo, esta primera línea se ubicaría en los equipos más próximos a la ejecución diaria: las personas que interactúan con proveedores y socios, gestionan hospitalidad y beneficios, procesan aprobaciones, administran incidentes y adoptan decisiones operativas bajo presión de tiempo. Esa analogía se desprende directamente de la insistencia del Manual en que los riesgos de compliance no surgen sólo de fallas formales de política, sino de situaciones prácticas relacionadas con soborno y corrupción, conflictos de interés, regalos y entretenimiento, relaciones con terceros, exposición a sanciones y daño reputacional. La lección es sencilla: en una organización deportiva compleja, la primera línea es el lugar donde la integridad se operacionaliza o se debilita. 

Por eso el Manual pone tanto énfasis en la cultura, el tone from the top y la existencia de guías utilizables. La FIFA recomienda expresamente un marco general de código o conducta, involucramiento del liderazgo y “guías rápidas” prácticas que los equipos realmente puedan aplicar en su trabajo diario. En un contexto de Copa Mundial, la implicación desde compliance es que los equipos de primera línea no deberían recibir mensajes abstractos sobre ética una vez ocurrido el problema; deberían recibir herramientas de decisión lo suficientemente simples para usarse antes de que se materialice el conflicto, se acepte el regalo, se incorpore el proveedor o escale el problema reputacional.

La segunda línea de defensa es donde la función de compliance y la función de gestión de riesgos crean estructura alrededor de esa realidad operativa. La FIFA describe al equipo de compliance como la función que apoya a la primera línea mediante directrices, controles y capacitación, mientras que la gestión de riesgos identifica y aborda incertidumbres que pueden ser de naturaleza financiera, jurídica, operativa, estratégica o reputacional. Esa descripción importa porque rechaza una visión estrecha del compliance como mera aplicación de reglas. En el Manual, se espera que la segunda línea eduque, traduzca principios en procesos y mantenga una comprensión viva de dónde está expuesta la organización.

Esta es una de las lecciones más transferibles para la gobernanza de un megaevento. Una buena segunda línea no se limita a redactar políticas; construye una infraestructura de compliance que las personas puedan navegar bajo presión operativa. El Manual recomienda capacitación anual, ejemplos anclados en la vida real, mecanismos de denuncia confidenciales y accesibles, y planes de monitoreo que permitan identificar patrones y preocupaciones emergentes. También promueve una debida diligencia de terceros basada en riesgos, reconociendo que los recursos deben concentrarse allí donde los riesgos de corrupción o influencia son mayores y que el monitoreo debe continuar después de la vinculación y no detenerse en la etapa de contratación. Para la gobernanza de un torneo, esa es exactamente la postura correcta: controles escalables, diferenciados según el riesgo y reforzados mediante capacitación, canales de escalada y supervisión continua.

La tercera línea de defensa, la auditoría interna, le da credibilidad al modelo. La FIFA describe la auditoría interna como la función que evalúa de manera independiente el enfoque de la organización y brinda aseguramiento a la alta dirección, al directorio y a los órganos de gobierno respecto de si la primera y la segunda línea están funcionando eficazmente. El Manual enfatiza la independencia, la objetividad, la competencia profesional y la capacidad de revisar procesos y controles en áreas como compras, finanzas, contabilidad, nómina y tecnología de la información. Ese énfasis es crítico en cualquier entorno de gran evento, porque la información de gestión no es lo mismo que el aseguramiento independiente. La auditoría interna importa no porque llegue después de que un problema ya se hizo público, sino porque puede probar si los controles realmente están operando, si la escalada funciona en la práctica y si las acciones correctivas conducen a una mejora continua en lugar de un compliance meramente formal.

Igual de importante, el Manual nos recuerda que el compliance comienza con la cultura y que la cultura comienza desde arriba. La FIFA insiste de forma reiterada en que las personas no hablarán si no se sienten seguras, si los canales de denuncia no son confiables y accesibles, y si la organización no adopta una postura firme de no represalia. En el contexto de una Copa Mundial, esa idea debería tratarse como una necesidad operativa más que como una aspiración de valores blandos. Los sistemas grandes y descentralizados solo se vuelven resilientes cuando las preocupaciones pueden ascender con la suficiente rapidez para que el liderazgo responda, investigue, remedie y aprenda. La arquitectura del Manual: escuchar, documentar, monitorear y corregir, no es, por tanto, sólo una elección de diseño en compliance; es un mecanismo de resiliencia.

En definitiva, la lección más amplia del marco de compliance de la FIFA es que la integridad en el deporte depende tanto de la estructura como del principio. Las tres líneas de defensa ofrecen una forma disciplinada de asignar responsabilidades sin diluir la rendición de cuentas: la primera línea es dueña de la ejecución, la segunda línea apoya y cuestiona, y la tercera línea asegura de manera independiente. Para las organizaciones involucradas en la Copa Mundial de la FIFA 2026, ese modelo es valioso precisamente porque convierte compromisos amplios de transparencia e integridad en un mapa de gobernanza operable. Y para quienes trabajamos en compliance, la conclusión central es clara: cuando el evento es complejo, el escrutinio es intenso y las apuestas reputacionales son altas, la buena gobernanza no es un eslogan; es una distribución de roles, controles y aseguramiento que permite al sistema resistir la presión sin perder legitimidad. 

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