Hasta hace un par de décadas solía ser muy común que las personas pagaran con cheques casi todos los bienes y/o servicios que adquirían. Incluso los más jóvenes, sin perjuicio es probable que nunca hayan girado un instrumento de esa naturaleza, de seguro recuerdan a sus abuelos o a sus padres sacando su fastuosa portachequera en cuero y su pluma fuente para girar un cheque con el cual pagarían el mercado de esa semana o hasta el almuerzo en un restaurante común.
Hoy en día, en cambio, pretender pagar de esta manera casi cualquier cosa, resulta inconcebible. Basta con entregarle un cheque personal al mesero que trae la cuenta en un restaurante para comprobar, con su perplejo rostro, la veracidad de esa afirmación. Tal parece que al cheque le ha ocurrido lo mismo que al beeper, al fax, y a los mapas plegables en papel, entre otros: de un objeto infaltable en el ajetreo diario de cualquier hombre o mujer, a un aparato exótico al cual se le mira con nostalgia y hasta con cierto recelo.
Las estadísticas son prueba fidedigna de esta impopularidad crónica. Según datos del Banco de la República1, para el año 1995 se canjearon un total de 215.732.215 cheques. Un quinquenio después, en el 2000, la cifra se redujo a 99.755.905. Cinco años más tarde, en el 2005, la tendencia continuó a la baja y la cantidad se situó en 59.817.479. En el 2010 fue de 36.343.795, en el 2015 de 20.934.402, y en el 2020 fue de 6.267.730. Para el 2023 apenas se canjearon 3.570.715 cheques. Una cifra muy modesta en comparación a los volúmenes que se manejaban en la década de los noventas y en los primeros años de este siglo XXI. Evidentemente, para cuando finalice el presente 2024, el número será incluso más impactante.
Por si fuera poco, otro análisis realizado por el Banco de la República2 dio cuenta de que el uso del cheque, al ser comparado con el de otros medios de pago como el efectivo, las transferencias electrónicas, o las tarjetas débito y crédito, resulta tan pequeño que ni siquiera tiene presencia dentro de los gráficos. En cuanto a la tenencia de medios de pago, el estudio en cuestión demostró que, de todos los encuestados, sólo un 1.41% manifestó contar con una chequera. Otro dato que vale la pena rescatar, es que, en ninguno de los sectores comerciales analizados, las transferencias con cheque tienen una presencia mayor al 20% sobre el total de transacciones realizadas. Incluso, en 5 sectores la presencia de los pagos con cheque es completamente inexistente, y en 7 de ellos, no alcanza a superar el margen del 5%.
Ahora, no se trata de un fenómeno único en Colombia, sino de uno homogéneo en el resto del mundo. En los Estados Unidos, a modo de ejemplo y de acuerdo con un estudio realizado por la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal3, el uso de los cheques personales en ese país también ha sufrido un decrecimiento exponencial. Para el año 2000, se giraron aproximadamente 42 billones de cheques. Doce años más tarde, la cifra se redujo a la mitad, y para el 2021, apenas rondaba por los 11 billones. Ahora, si bien el uso de los cheques ha disminuido, al mismo tiempo, el estudio demuestra que el valor promedio del pago con este instrumento ha experimentado un crecimiento relativamente constante desde el año 2018. Esto permite inferir que al parecer el cheque se está relegando a transacciones de cierta envergadura.
En el viejo continente la situación es aún más crítica, hasta el punto en que muchas jurisdicciones han optado por no aceptar a los cheques como medio de pago4. En Inglaterra, a modo de ejemplo, según datos recolectados por la asociación bancaria UK Finance5, para el 2007 se usaron más de 1.500 millones de cheques para hacer pagos. Quince años más tarde, en el 2022, nada más se usaron 129 millones. Ni siquiera Francia, por muchos años uno de los bastiones de las transacciones con cheques, se salva del fenómeno analizado. Si bien sigue siendo el país de Europa donde el cheque sigue teniendo la presencia más significativa, de acuerdo con el Observatorio de la Seguridad de los Medios de Pagos6, solamente un 2.8% de todas las transacciones dentro de la economía francesa se hicieron con cheques. Adicionalmente, según cifras del Banco Central Europeo, hay 15 países pertenecientes a la Unión Europea en los que el uso del cheque es testimonial o muy próximo al cero.
Finalmente, India también ha sido un caso interesantísimo dentro del fenómeno analizado, toda vez que, para el 2012, el 45% de las transacciones monetarias en esa economía, se hacía con cheques, mientras que, para el 2021, la participación fue menor al 5%7.
En suma, literalmente el mundo entero ha optado por abandonar el cheque como medio de pago para la adquisición de bienes y servicios del común. Esto, principalmente, gracias a la gran evolución que han experimentado los pagos electrónicos y a la cada vez mayor aceptación de las tarjetas débito y crédito en casi cualquier establecimiento de comercio. A diferencia de los cheques, los cuales se demoran en promedio un día hábil en hacer canje, y como consecuencia la persona a la que se lo giraron sólo puede disponer del dinero hasta ese entonces, las transferencias en línea y el pago con tarjetas crédito o débito se ven inmediatamente reflejados en la cuenta del beneficiario. Dicho de otro modo, el cheque resulta lento y poco práctico. Encima de esto, se encuentra el problema de seguridad. Se ha demostrado que los cheques resultan más fácilmente alterables que los medios de pago electrónicos y magnéticos, lo cual, evidentemente, desincentiva su uso. Asimismo, otra desventaja recae en que, como los cheques son títulos valores, serán negociables a menos que lo contrario se especifique en forma expresa. Esta posibilidad de ser negociados, en últimas significa que el girador del cheque no tendrá la certeza de que aquel será cobrado por el beneficiario al que se lo libró, sino que éste perfectamente podría endosarle el instrumento a otra persona y así sucesivamente.
Conociendo aquellas problemáticas innatas del título valor analizado ¿cómo es que éste se resiste a morir? Después de todo, en el caso colombiano, por lo menos, se siguen girando más de 3 millones de cheques al año, sin perjuicio de que se trate de una cifra en constante disminución y muy inferior al promedio de hace dos décadas.
Esa supervivencia, se debe, en parte, a la desconfianza sobre los medios de pago electrónicos, y al hecho de que no todos tienen acceso a un teléfono inteligente o a un datáfono. Como consecuencia, el cheque se convierte en la única alternativa al pago con efectivo. Mientras que las transferencias en línea y con tarjetas débito o crédito dependen enteramente de la existencia de un aparato con conexión a internet, cosa que en ocasiones resulta imposible en zonas rurales apartadas, para girar un cheque sólo se necesita del instrumento y de un bolígrafo. Adicionalmente, si bien el carácter negociable puede llegar a ser una desventaja, también puede verse como lo opuesto, dado que el beneficiario, en vez de ir al banco para cobrar el cheque y usar el efectivo para cancelar cualquier obligación que tenga, puede evitarla a través de un endoso a su acreedor.
Ahora, el declive del cheque frente a otros medios de pago electrónicos no es algo de por sí negativo, pero probablemente sí es el testimonio más convincente de todos acerca de la digitalización del sector bancario y del triunfo de las líneas de código y de las plataformas en línea sobre el papel y la pluma fuente.